¿Qué queremos poner a resguardo para el futuro?
- Arte Parte
- 14 may
- 6 min de lectura
Actualizado: 18 may
Memoria, identidad y experiencias cotidianas en una actividad de Prácticas Culturales de la UNAJ
por Iván Mantero
El Auditorio Leonardo Favio de la UNAJ está en silencio. Las y los más de 70 estudiantes presentes siguen atentamente las imágenes proyectadas: En la pantalla, los testimonios hablan de libros enterrados, bibliotecas destruidas, relatos de clandestinidad, exilio y miedo. Una mujer recuerda cómo arrancaba la página de libros en la que decía que habían sido editados en Cuba para evitar que fueran descubiertos y poder conservarlos. Otro testimonio relata cómo, durante la última dictadura cívico-militar argentina, una colección completa de libros y documentos políticos fue arrojada a un viejo aljibe familiar en plena madrugada, ante la noticia de la detención de un compañero esa misma noche. Las palabras del cortometraje se mezclan con preguntas insistentes: “¿A dónde van las palabras que no se quedaron?”, “¿Qué cosas queremos preservar para el futuro?”.

Así comenzó Futuro a resguardo, una actividad que realizamos el pasado lunes 11 de mayo, en el marco del ciclo Activar Futuro de la materia Prácticas Culturales de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ). En esta nota les contaré, desde mi lugar de docente, una experiencia compartida con estudiantes que me conmovió profundamente. La propuesta articuló memoria histórica, reflexión cultural y experiencias personales, invitando a las y los estudiantes a pensar qué elementos de sus propias vidas desearían conservar y transmitir hacia el futuro.
La actividad partió de un cortometraje que realicé especialmente para el encuentro, construido a partir de fragmentos de entrevistas recuperadas en el libro A Resguardo. Testimonios de ocultamiento y destrucción de libros y otras especies peligrosas, resultado de la investigación Voces de la Memoria de la UNAJ. El libro reúne relatos de personas que durante la dictadura ocultaron, enterraron, destruyeron o silenciaron libros, documentos y objetos culturales para sobrevivir a la persecución estatal.
Durante la apertura, expliqué el sentido de la propuesta y la necesidad de recuperar esas memorias en el presente:
“Vivimos en tiempos donde pareciera que la historia no existe, pareciera que somos fruto solamente del hoy, que no existe el ayer y que el mañana es una incógnita. Hay un borramiento de lo que somos como sociedad y también como sujetos”.
Lejos de plantear un ejercicio centrado únicamente en el pasado, la actividad buscó construir puentes entre aquellas experiencias históricas y las vivencias cotidianas actuales. En ese sentido, el cortometraje no solo recuperó testimonios vinculados a la censura y la violencia dictatorial, sino también reflexiones del filósofo Darío Sztajnszrajber sobre la utilidad, la experiencia cotidiana y la necesidad de detenerse a pensar aquello que da sentido a nuestras vidas.
La memoria como experiencia viva
Una imagen acompañó el desarrollo de toda la actividad: como sociedad somos el futuro de ese presente que narran los testimoniantes en el video. Nosotros, nuestras acciones e ideas del hoy, son la memoria que recibirán del pasado las futuras generaciones. La memoria, como experiencia viva, es un hilo que une generaciones, si lo sabemos buscar. En la invitación a construir esos mojones de memoria, les dije a las y los estudiantes:
“Entonces es una invitación también esta actividad, partiendo de esos testimonios, que finalmente son huellas o son relatos a resguardo para nosotros que somos el futuro de esas experiencias. Una suerte de Back to the future. Por eso quiero invitarnos a pensarnos también a nosotros mismos: ¿qué cosas de nuestra experiencia vital quisiéramos poner a resguardo para ese futuro?”
Luego de la proyección se abrió un intercambio colectivo en el que las y los estudiantes compartieron impresiones, recuerdos familiares y reflexiones sobre el presente. Una estudiante señaló que desconocía la magnitud de la persecución cultural durante la dictadura:
“Yo no sabía que se habían quemado libros. Sí sabía que los gobiernos querían que nadie pudiera contradecir, pero esto es una de las muchas cosas ocultas y de las que todavía hay gente que no se anima a hablar”.
Otra estudiante destacó la importancia de quienes, aún en contextos de terror, buscaron preservar esos materiales:
“Me llama la atención cómo los que vivieron esa época trataron de resguardar un poco la historia. Enterraban libros, sacaban etiquetas para que no se den cuenta. Los militares destruyeron mucho, pero igual no pudieron hacer desaparecer todo”.
Las intervenciones fueron enlazando memoria histórica y experiencias familiares atravesadas por la violencia política y el miedo. Una estudiante relató cómo en 1975, siendo apenas una bebé, un grupo de tareas ingresó a su casa buscando armas y llegaron a apoyarle una pistola en la cabeza mientras interrogaban a su padre, delegado gremial. A él lo golpearon y lastimaron, pero armas no encontraron. Sin embargo, recordó que su padre nunca le transmitió miedo, sino la necesidad de hablar y organizarse:
“Mi papá siempre me decía: ‘Vos no te calles. Si tenés que decir algo, decilo’. Nunca se arrepintió de nada, y me transmitió eso”.
En ese diálogo colectivo, las experiencias personales comenzaron a adquirir una dimensión social más amplia. El intercambio permitió pensar cómo las memorias familiares, las pequeñas historias cotidianas y los objetos aparentemente insignificantes forman parte de procesos históricos mayores y de aquello que constituye nuestra identidad.
Cultura, poder y disputas por el sentido
La actividad recuperó además algunos de los conceptos trabajados en las unidades iniciales de Prácticas Culturales, vinculados a la cultura como construcción social, las disputas por los sentidos socialmente válidos, la hegemonía y la relación entre cultura y poder.
Las historias de libros enterrados, bibliotecas quemadas y silencios impuestos permitieron pensar la dimensión cultural de la represión dictatorial: no solo se perseguían personas y organizaciones políticas, sino también ideas, relatos, símbolos y formas de interpretar el mundo. El encuentro buscó mostrar que la cultura no es un conjunto abstracto de obras o consumos culturales, sino una trama viva de experiencias, vínculos y disputas sociales.
A esta altura del debate, les propuse pensar en cómo las vivencias cotidianas también construyen subjetividad y memoria:
“En cada uno de nosotros se encarna ese diálogo social de disputas por los sentidos y también ese diálogo íntimo de nuestra experiencia. Eso nos constituye”.
La reflexión compartida se conectó además con problemáticas actuales vinculadas a la violencia institucional y las formas contemporáneas de disciplinamiento social. En el intercambio surgieron relatos sobre discriminación, persecución policial y estigmatización de jóvenes de sectores populares, estableciendo puentes entre las marcas del pasado y los desafíos del presente.
¿Qué queremos poner a resguardo?
La última parte de la actividad propuso una consigna íntima y colectiva a la vez: identificar algún elemento de la propia biografía que cada participante quisiera “poner a resguardo” para el futuro.
Las respuestas fueron construyendo una suerte de archivo afectivo común. Una estudiante eligió una fotografía de su primera experiencia universitaria:
“Soy la primera de mi familia en estudiar. Esa foto me recuerda que puedo muchísimo más de lo que creí y también lo increíble de la universidad pública”.
Otra estudiante compartió que conservaría fotos de la clínica psiquiátrica donde trabaja:
“Cuando empecé pensaba que de ahí no podía salir nada bueno, pero todo lo contrario: salen cantantes, artistas. Te enseñan todos los días”.
También aparecieron recuerdos familiares, vestimentas de folklore para transmitir a futuras generaciones, imágenes de seres queridos fallecidos y experiencias ligadas al cuidado, la libertad y los afectos. Una estudiante habló sobre una foto de la infancia junto a su padre fallecido, en la que ella, pequeña, está con un chichón en la cabeza luego de caerse varias veces de la cama. Recordaba que su padre la atajó varias veces, protegiéndola de golpes mayores:
“Siempre pienso que cuando me caiga él va a estar ahí para ayudarme a levantarme una y otra vez”.

Hacia el final, una estudiante tomó el micrófono y me preguntó: “¿Y usted qué pondría en su cápsula del tiempo?”
En la respuesta recuperé tanto la experiencia docente en la UNAJ como mi historia familiar, atravesada por la militancia política, el exilio y la educación popular. Pero también hablé de los momentos compartidos en el aula:
“Cuatrimestre tras cuatrimestre me llevo experiencias muy enriquecedoras. Esto que están contando ustedes ahora me aporta un montón, me emociona”.
En tiempos marcados por la velocidad, la fragmentación y la sobreabundancia de información superficial, Futuro a resguardo propuso algo distinto: detenerse. Escuchar. Recordar. Compartir. Preguntarse qué historias merecen ser preservadas y qué futuro queremos construir colectivamente.
Tal vez allí radique una de las principales potencias de la propuesta: comprender que poner algo “a resguardo” no implica solamente conservar objetos del pasado, sino también cuidar memorias, vínculos y formas de habitar el presente que puedan seguir dialogando con quienes vengan después.
Como cierre de la actividad les repartí a las y los estudiantes presentes, una tarjetita con un código QR para que se lleven y luego, más tarde, con más calma, escriban esas cosas que quisieran poner a resguardo para el futuro. Al momento del cierre de esta nota, ya recibimos más de 30 reflexiones y relatos. Con ellos escribiremos una nota que funcionará como cápsula del tiempo pública, que estará aquí, en nuestras páginas para cuando las quieran compartir en un futuro.



La vida es un tesoro.
La vids es un tesoro que se encuentra en cada terreno, en cada territorio, en cada espacio, en cada lugar que habitamos. Por eso no quiero apresurarme. No quiero pasar rápido por ningún sitio, por ningún día, por ninguna relación.
Quiero poner a resguardo cada relación, cada persona, cada situación y circunstancia, incluso si implica un desafío, incluso si es una dificultad, quiero recorrerla, atravesarla y dejarme conmover. No quiero perderme la perla preciosa que pueda estar ahí.
Quiero poner a resguardo a mi familia, a mis amigues, a mis vecines, a mis compañeres de militancia, que sueñan con una sociedad diferente, con transformar esta sociedad para que podamos ser verdaderamente felices.
Quiero poner …