“La escritura es un proceso vivo”: memoria, entrevistas y narrativas en A resguardo
- Arte Parte
- 5 may
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por Carolina Luzuriaga (*)
El libro A resguardo - testimonios de ocultamiento y destrucción de libros y otras especies peligrosas, editado por UNAJ, reúne una serie de entrevistas realizadas en el marco del proyecto de investigación Voces de la memoria. Pero, ¿cómo se construyen esas entrevistas? ¿Qué hay detrás de esas voces que aparecen en el texto? En esta nota converso con Iván Mantero Mortillaro, co-autor del libro, quien me explica, de manera clara y cercana, cómo trabaja, qué lo inspira y por qué el vínculo con las personas entrevistadas es central en su forma de escribir.

— Después de leer las entrevistas del libro, me quedó la curiosidad por tu forma de trabajar. Te quiero preguntar sobre la metodología que utilizaste en los capítulos que escribiste para el libro: ¿Te inspiraste en el cine etnográfico o en algún referente en particular?
— Mi forma de trabajar y la metodología que aplico están directamente relacionadas con mi experiencia y mi formación —responde Iván—. A medida que fui creciendo profesionalmente, fui buscando formas de hacer. Y mis estudios también tuvieron que ver con eso: encontrar fundamentos y metodologías para esas búsquedas.
Iván se formó como documentalista y comunicador en la UNSAM, y luego profundizó sus estudios de posgrado en el campo socio-antropológico. Pero aclara que su interés por estos temas viene de mucho antes:
— Desde muy chico me vinculé a la militancia, primero estudiantil y después barrial y laboral. También participé en proyectos colectivos de fotografía, de video y editoriales desde los ‘90, movido por una preocupación por lo humano, por lo social. Todo eso fue moldeando mi manera de mirar y de contar.
— ¿Y cómo se traduce todo eso en el libro?
— En que para mí escribir no es solo escribir con palabras —explica—. También escribo con imágenes, con sonidos, con lo audiovisual. Todo eso está presente en los capítulos.
Esa idea de “escritura expandida” tiene influencias claras. Iván menciona al documentalista Patricio Guzmán:
— Guzmán dice que el guion de un documental se escribe muchas veces durante el proceso. Yo pienso lo mismo: la escritura es algo vivo, que va cambiando en diálogo con la realidad y con las personas.
— Eso se nota mucho en tus capítulos, como si las voces estuvieran muy presentes.
— Ese es el objetivo —afirma Iván—. Yo busco plasmar de la mejor manera la voz del entrevistado o la entrevistada. Eso es parte de mi ética y de mi forma de trabajar.
En ese sentido, otra referencia importante para Iván es Jorge Prelorán, pionero del cine etnográfico en Argentina:
— Él decía que en sus películas la imagen era el cuerpo y el sonido era el alma. Y que para llegar a esa “alma” había que construir un vínculo con la persona. Yo me siento muy identificado con eso.
— ¿Cómo se construye ese vínculo?
— Con tiempo y con confianza —responde Iván—. Siempre propiciando el diálogo, incluso cuando el tiempo escasea, por ejemplo, cuando (durante la primer década del siglo) trabajé como fotógrafo de la Revista Nómada, antes de empezar cada reportaje fotográfico, me tomaba unos minutos para charlar con la persona, conocernos un poco. En esos minutos, charlábamos del tema sobre el que versaba la nota, pero también de las pasiones, recuerdos, proyectos. Eran momentos de conocernos un poco, yo a ellos y ellos a mí. En esta anécdota, que cuento en el libro, se materializa algo de mi metodología de trabajo.
Esa forma de trabajo también se refleja en A resguardo:
— Las entrevistas del libro tienen un proceso previo. No son encuentros improvisados. En paralelo a la investigación hay una construcción de confianza que permite que aparezcan cosas más profundas.
— Y en cuanto a lo metodológico, ¿cómo son esas entrevistas?
— Trabajo con entrevistas en profundidad —explica—, basadas en temas de interés y el ejercicio de una atención flotante, como plantea Rosana Guber, sin cuestionario estructurado de preguntas, y creando una escena donde solo estemos la persona entrevistada y yo.
Uno de los capítulos más personales del libro es el que surge de las entrevistas con su madre. Allí, la conversación se vuelve también una experiencia familiar, ¿cómo fue ese proceso?
— En ese caso —cuenta Iván—, no es solo una entrevista. Es un diálogo entre dos personas que forman parte de la misma historia.
— ¿Y eso no lo hace más difícil?
— Tiene su complejidad, pero también mucha potencia —responde—. Yo ya venía investigando la historia de mi familia desde hacía años, pero igual aparecieron cosas nuevas. Recuerdos que yo no conocía, o que mi mamá redescubría al contarlos.
Ese proceso, además, tuvo un impacto emocional:
— En algunos momentos, el hecho de hablar y reconstruir la historia permitió resignificar experiencias muy dolorosas, como la desaparición de mi tío Ariel Mortillaro durante la dictadura. Poner en palabras esas vivencias puede ser algo sanador, tanto para quien recuerda como para quien escucha, y en el caso del libro, para quien lee.

— Mientras leía ese capítulo pensé en la cineasta Agnès Vardà, en esa idea de descubrir las cosas mientras se cuentan.
Iván sonríe ante la comparación:
— Es un halago enorme. Ella trabajaba el documental como un ensayo personal, muy íntimo. Creo que algo de eso hay en este capítulo. Yo intenté que la narración fuera lo más orgánica posible, respetando ese encuentro entre madre e hijo.
— También se nota mucho lo visual en la escritura.
— Claro, porque mi forma de trabajar viene del cine —dice Iván—. Cuando uno filma, toma decisiones todo el tiempo: qué mostrar, cómo, con qué luz. Y esas decisiones después aparecen en la escritura. Muchas de las escenas que describo en el libro primero las “escribí” con la cámara.
Esa idea se conecta con otra referencia, la del cineasta Glauber Rocha, de quien Iván recuerda:
— Él planteaba que hay que filmar con una cámara en la mano y una idea en la cabeza. Para mí, la cámara también es una forma de escribir.
— Para finalizar, en el epílogo mencionan un taller que acompañó el proceso. ¿Qué les aportó?
— Fue un espacio muy importante —responde Iván—. Compartimos lecturas, discutimos ideas y fuimos construyendo el libro entre todos. Pero siempre respetando la voz de cada autor.
En mi caso personal —continúa Iván—, yo escribí dos capítulos: uno basado en un conjunto de entrevistas a mi madre, Silvia Haydeé Mortillaro, de las cuales una es la que forma parte del acervo de Voces de la Memoria, y el otro basado en una entrevista con Eugenia Cabral, escritora y militante cordobesa.
En el caso del capítulo sobre mi madre, con el taller se dio una experiencia interesante. Mi primera propuesta al grupo fue trabajar la estructura de diálogo entre mi madre y yo, y presenté una primera versión de texto basado en esa estructura. Pero el taller estaba transitando la exploración de otros sub-géneros de entrevista, entonces me propusieron la escritura de una entrevista glosada. Realicé esa segunda elaboración apelando a otros elementos que tenía de la historia familiar (fuentes documentales y bibliográficas). El resultado fue un texto potente, pero que se alejaba un poco de la entrevista de origen. Finalmente volví a mi idea inicial del diálogo entre madre e hijo, pero recuperando algunos elementos de ese segundo texto. Creo que el taller fue un aporte positivo para todos los autores.
La conversación llega a su fin, pero deja una idea clara: en A resguardo, las entrevistas no son solo preguntas y respuestas. Son encuentros, procesos y formas de construir memoria.
— En definitiva —concluye Iván—, es importante encontrar una manera de contar que respete la historia y la voz de quienes la viven. Porque ahí es donde todo cobra sentido.
(*) Carolina Luzuriaga es Lic. en Artes y Profesora en Enseñanza Media y Superior en Artes, docente en institutos de formación docente y en la escuela media, e integra el Núcleo de investigación "Universidad y Territorio en el ámbito de la cultura" del PEC-UNAJ.



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